Deja de sentir que no sabes qué pedo con la vida

Se supone que todo tiene sus etapas. Que nos casamos a tal edad, que compramos nuestro primer carro a los tantos años. Hasta la canción “Pies descalzos, sueños rotos” de Shakira lo dice, ¿se acuerdan?

“Trabajar cada día para vivir en la vida. 
Contestar solo aquello y sentir solo esto.
Y que Dios nos ampare de malos pensamientos. 
Cumplir con las tareas, asistir al colegio.
¿Que dirá la familia si eres un fracasado?
[…] Las mujeres se casan siempre antes de 30, 
si no vestirán santos aunque así no lo quieran”. 

NO, OIGAN. La vida no se hizo para seguir los planes que la gente tiene para nosotros. Los tiempos han cambiado, el mundo de nuestros papás y su generación ya no es -para nada- igual al nuestro. Somos diferentes; más libres, mejor informados, más aventureros y también menos adinerados. Hacemos lo que nos gusta y si no tenemos la suerte de tener una chamba donde lo hagamos, freelanceamos en nuestros tiempos libres. Somos una generación que lucha por sus sueños aunque eso signifique andar estirando al máximo el dinero cada final de cada quincena.

Fuimos educados de manera conservadora pero en algún punto el universo se alineó para que nos cambiáramos de chip. Ahora protestamos, nos quejamos abiertamente. Buscamos respuestas a todo, por todos lados; somos curiosos y siempre queremos más: más libertad, más dinero, más sexo, más viajes, más amigos, más paz. Queremos ser felices a nuestro modo, pero ahí es cuando entramos en el eterno dilema de “no sé qué hacer con mi vida”, “se supone que a esta edad ya debería tener una pareja estable y estar a nada de tener hijos”, “tengo veintitantos, ya me gradué y todavía no sé lo que quiero” y demás maneras en las que se manifiesta la mentada “crisis de los veintitantos” (que también llega a los treintas).

Pa’ empezar, ahora somos jóvenes hasta que nos empezamos a sentir viejos. Antes, en época de nuestros papás, a los 30 ya eran adultos de bien. Yo recuerdo ver a mis primos recién graduados mientras yo estaba en la primaria y se me hacían ya todos unos adultos. Pobre ilusa. En nuestra generación cada quien vive a su ritmo. Y es bonito y está bien.

Cada quien es dueño de su tiempo, cada quien decide el compás de su vida. Dejen de sentir que deben tener todo planeado, que deben saber qué quieren, cómo lo quieren y para cuándo lo quieren. La vida es hizo para disfrutarse. El punto está en entender que somos humanos, que por naturaleza somos inquietos y libres, con ganas de explorar cosas nuevas. Los convencionalismos sociales no son más que ideas de algún grupo de personas en una realidad distinta a la de nosotros, que en su momento creían correctas. No es que estén mal, simplemente no corresponden a nuestro mundo actual. A algunos les funcionan todavía, a otros no. Se vale. Somos libres de hacer lo que nos haga felices, cuando nos haga felices. No tenemos por qué seguir los planes que los demás tienen para nosotros. Si te quieres casar joven, cásate joven. Si quieres irte de peda hasta los 40, hazlo. Si tu sueño es llegar virgen al matrimonio, casarte con el amor de tu vida y tener muchos hijos, es muy respetable, como también lo son las ganas de no tener pareja estable, de tener sexo casual y dedicar todo tu tiempo para ti.

No hay que perder el tiempo pensando en qué deberíamos estar haciendo, en dónde deberíamos estar o qué trabajo deberíamos tener. Las oportunidades llegarán cuando sea el momento y cada quien irá encontrando sus propios motivos conforme la vida se los vaya presentando. Usemos ese tiempo para aprovechar el hoy, para sacarle jugo a cada día y vivir como se nos dé la gana. Creo que esa es la mejor forma de dejar huella en este mundo: vivir a nuestro gusto. La gente libre contagia sus ganas, ilumina las vidas de los demás. Quienes se animan a escribir su propia historia, a su ritmo y a su antojo, dan ganas de formar parte de ella.

Vibrar bonito y estar en paz depende de cada uno de nosotros. Es cuestión de dejar de tomarle importancia al “qué dirán” y dedicarnos a vivir a nuestra manera. Recuerden: “cada quien hace de su culo un papalote”.

Besos,
M.

Anuncios

No me pude aguantar las ganas de escribir sobre mi vida de embarazada

Varias personas me han dicho que escriba sobre mi embarazo. Al principio me daba flojera, no quería sonar como las típicas futuras mamás que se quieren volver famosas y hacen que toda su vida gire en torno a que llevan un plebe (o una plebe) dentro. Pero como ya llevo todo el día viendo series y hace mucho no escribía nada, ahí les va mi testimonio, sin andarme con chingaderas.

Estar embarazada es algo mágico, pero eso no significa que todo sea amor y dulzura. Sí, es increíble saber, ver y sentir que una nueva personita está creciendo en mi panza. Puedo durar horas y horas tocándome la barriga y me sigo emocionando cada vez que se mueve (no para en todo el día ya, a los 6 meses y feria que tiene la pringa dentro de mí). Cada ultrasonido me pone más contenta y más emocionada. Neta sí es magia. Me siento como una máquina perfecta capaz de crear vida y eso es wow. Si fuera religiosa pensaría que es casi casi un milagro. Pero la realidad es que estar preñada es algo un poco agridulce. Más dulce que agrio, pero sí tiene sus cosas difíciles, pa’ qué echo mentiras.

El embarazo me ha cambiado la vida entera. Desde el momento en que me hice las pruebas y salieron positivas (porque obvio me hice tres, pa’ estar bien segura), ya no soy la misma persona. Al principio el cambio era nomás por dentro. Por fuera lo único un poquito diferente era que mis bubis estaban tantito inflamadas, como cuando a las mujeres nos baja y se nos inflan alguito, que casi nadie lo nota más que nuestros bra (y nuestros hombres en caso de ser observadores); mientras por dentro traía una revolución. En ese momento dejé de pensar sólo en mí y empecé a ver por dos (o por tres, no sabía cuántos plebes traía dentro y me habían dicho que probablemente tendría cuates o gemelos). No he sentido miedo ni he dudado de mi capacidad como mamá. No sé cómo explicarlo, pero algo en mí supo desde ahí que todo va a estar bien. Nunca había estado tan emocionada y llena de amor como lo estoy desde ese día.

Pero como dicen por ahí, el tiempo no pasa en vano. A partir del segundo mes, las cosas ya no eran tan color de rosa. He tenido mucha suerte porque no me han dado tantos achaques ni nada. Sigo siendo igual de antojadiza, igual de dormilona y caliente como siempre, pero entre el mes 2 y el 3 empecé a sentir cosas que nunca había sentido antes. Mi cuerpo comenzó a cambiar. Adiós a los mini shorts que usaba o a las faldas pegaditas; la poca cintura que tenía se fue borrando poco a poco y mi ropa dejó de quedarme, incluyendo los bra. Cuando menos pensaba, mis micro bra talla 32A empezaban a apretarme horrible. Daba la vida entera por andar con las bubis al aire todo el tiempo, hasta que capté que necesitaba comprar ropa interior más grande. Pasé a ser 34B y ahora me queda chiquita pero todavía no me alcanzan para 34C ni para 36B. Es todo un dilema. Antes creía que el tamaño de la copa significaba algo más, ahora veo que es la misma chingadera.

Después la panza fue creciendo más y más, hasta que ya casi nada de mi ropa me quedó y tuve que comprar más. Luego creció más y tuve que volver a comprar. Estoy flaca todavía pero panzona. Y nadie hace ropa para las embarazadas flacas. Voy a las tiendas y hay ropa para flacas o para gordas. Nunca antes había batallado para comprar ropa. ¿Por qué no piensan en nosotras y hacen vestidos con el elástico más arriba y no a media panza? Malditos diseñadores. Ahora entiendo a las que sufren cuando van de shopping porque nada les queda. Las acompaño en su dolor. Aunque si hablamos de pantalones, la cosa cambia. Hace poquito descubrí los pantalones de maternidad y neta son un regalo de la vida. Por fin pude usar de nuevo skinny jeans. No saben lo cómodos que son. Sigo siendo talla 5 de todo menos de la panza, así que ni de pedo me quedaban mis pantalones de antes. Bendito sea quien inventó los de maternidad.

Mi panza era chiquita, picudita. Ahora ya comienzo a desbordarme, ya tengo lonja por los lados. Todos me dicen que es normal por el embarazo y que cuando tenga a la bebé pasarán sólo unos meses para volver a ser flaquita. Eso espero. No es que me pese engordar, no me pesa porque a cambio voy a tener la dicha de ser mamá, pero pues sí tardé en acostumbrarme a verme al espejo y ya no ver ese cuerpo con todo chiquito pero bien proporcionado que tanto me gustaba. Aunque debo admitir que todavía me veo y digo “sí me daba” y también uno que otro canijo por ahí piensa lo mismo (me consta).

Creo que eso de sentirme guapa embarazada es muy importante y lo tengo a mi favor. Por egocéntrica, por loca o por lo que quieran, me sigue encantando verme al espejo bichi o en ropa interior. Sigo comprando lencería y lo hago por y para mí. Tengo la idea de que no por ser futura mamá voy a dejar de chulearme ni de ser sazona. Sigo siendo yo y estoy muy consciente de ello. Seré madre soltera pero eso no significa que cerraré mi ventanita del amor y me tragaré la llave. Tampoco voy a andar tan suelta como antes, ahora seré mucho más responsable porque ya no seré nada más yo sino tendré que ver por mi bebé, pero eso no significa que vaya a dejar de ser yo y no me tome en serio mi placer, en todos los sentidos. A su debido tiempo y conforme mi hija vaya creciendo, obviamente. Estoy comprometida a no ser de esas mamás que viven su vida loca y dejan a sus hijos con la abuela pa’ echar desmadre.

Lo cierto es que así como hay quienes opinan como yo, la mayoría de la gente piensa que por estar embarazada soy algo así como un alma necesitada, como algo que en cualquier momento se puede romper. Creo que eso ha sido lo más difícil durante estos meses. Estoy acostumbrada a ser independiente. Siempre me ha gustado hacer las cosas por mí misma y ser yo quien ayuda a los demás, la que resuelve los problemas; pero ahora para muchos debo jugar el rol opuesto y me tratan diferente. Entiendo que tengo un bebé creciendo en mi panza y es nuestro instinto proteger la vida desde antes de que la criatura nazca, pero a veces me cuesta un poco entender eso y me desespero. Al principio sentía que los cuidados que me daban quienes me quieren eran excesivos porque en realidad yo sentía que podía hacer todo normal, pero ya llegué al punto en que de plano no puedo hacer muchas cosas simples como abrocharme los zapatos, agacharme o cargar cosas. Hasta subir y bajar escaleras es complicado. Manejo y me canso rápido, soy más distraída de lo normal y si duro más de 4 horas sin comer, me empiezo a sentir mal y a veces me desmayo porque se me baja el azúcar, entonces cuando me da hambre me pongo más histérica que antes. Esos detalles tan simples que antes podía hacer y ahora no, son la cosa más desesperante de estar embarazada. Eso y que la gente me vea como alguien vulnerable (aunque lo sea, no me gusta). Uy, o que quienes antes me veían con ojos de “te voy a comer” ahora me vean con ojos de ternura. Lo entiendo, pero me choca. También me da tic que para mucha gente el ser madre soltera es imposible y luego luego me andan “motivando” para “encontrarle un padre a mi bebé”. Que alguien me explique de dónde sacaron esa necesidad de enjaretarle un padre a la criatura, que a mí eso ni me quita el sueño. Muchos no entienden que si un día encuentro a alguien será porque ese hombre me guste como pareja, para mí, porque sienta que me complementa y me llena, no para que sea papá de mi hija. Claro que espero que se lleve bien con ella, la quiera y la respete, pero una cosa es mi pareja y otra cosa es achacarle una niña que no es suya; eso no está en mi lista de planes, ni madres. Por eso me desespera tanto que me insinúen cosas así, como si ser madre soltera fuera una discapacidad o algo por el estilo. Yo sé que puedo echarme el paquete completo, me tengo a mí, tengo el amor que siento por mi bebé y el cariño de mi familia y amigos. No puedo pedir más, entonces bájenle dos rayitas a su apuro por encontrarme hombre.

En fin, como pudieron notar con mi testimonio de preñada, esto del embarazo es cosa seria. Pero como dije al inicio, es magia y nunca me había sentido tan contenta y con tanto amor por todos lados. Es hermoso pero no tan fácil y es justamente eso lo que lo hace más interesante. Cuando batallo por algo, me desespero o me siento cansada, recuerdo que en unos meses tendré conmigo a mi pringa y me lleno de paz. Por eso mi bebé se llamará Frida, porque significa “portadora de paz”. Cada una de sus pataditas, las imágenes de su carita y esta magia que siento y no puedo explicar, hacen que todo valga la pena y me ponen cada vez más ansiosa por conocerla.

Neta no es pancho cuando las mamás dicen que el embarazo es mágico. Definitivamente no cambiaría por nada esta experiencia y la repetiría unas dos veces más. Fácil.

Hoy sí estoy hecha cachitos. Nos pudo haber pasado a nosotros.

La foto del niño ahogado en el mar me dejó un hoyo en el alma. De sienta forma soy migrante y ponerme en los zapatos de los migrantes que viven lo que él y su familia, especialmente huyendo de la guerra, me hace cachitos.
Nunca he sabido si se dice “emigrante”, “inmigrante” o simplemente “migrante”, pero es lo mismo: nos movemos, soñamos, luchamos por alcanzar el futuro que queremos.
Al igual que yo, muchos “foráneos” que teníamos prácticamente todo en nuestros lugares de origen, decidimos irnos a vivir a otras ciudades y lo hicimos por plena voluntad, porque podíamos darnos ese lujo de irnos a vivir a una ciudad más grande a estudiar en una mejor escuela para luego conseguir un empleo en una empresa más grande que las que hay en nuestros pueblos. Un lujo, de verdad. Unos nos fuimos a ciudades más grandes en México, otros se fueron al extranjero, pero al final somos migrantes.
La diferencia entre nosotros y los migrantes de Siria o los de Latinoamérica que pasan por nuestro país hacia el Norte, es que nosotros tuvimos los medios para migrar de manera legal, con comodidades y toda la seguridad necesaria. A nosotros no nos ignoran ni nos tienen miedo. No nos ven como si fuéramos delincuentes ni nos voltean la cara si estamos en algún crucero. Tampoco tenemos la necesidad de atravesar miles y miles de kilómetros sabiendo que arriesgamos nuestra vida, que dejamos a nuestra gente con la esperanza de volver a reunirnos pronto con un presente más digno. Nosotros vamos y venimos a nuestras casas en camiones de lujo, en carro o en avión, como si nada, con la seguridad de que nos veremos nuevamente el próximo cumpleaños o las próximas vacaciones.

Imaginen lo que estaban viviendo quienes de plano tuvieron que salir de su país aún en las peores condiciones, sin ningún tipo de lujo ni seguridad mas con la esperanza bien puesta; la incertidumbre y la impotencia de los padres de familia que se ven orillados a llevarse a sus hijos para emprender juntos esa travesía de terror al saber que en sus lugares de origen ya no hay nada para ellos.

Sí, es verdad que no es nuestra culpa la situación por la cual deciden migrar, pero eso no amerita nuestra indiferencia. Miles y miles de personas mueren diariamente alrededor del mundo (incluyendo en México, no nada más la gente de Siria o los africanos que tratan de ir a Europa) por el simple hecho de tratar de migrar en busca de una vida mejor y nosotros estamos como si nada. Vemos cada vez más notas con imágenes devastadoras de las migraciones masivas que pasan aquí y allá, pero seguimos ignorándolas.

Y no, no se trata de que todos pongamos un albergue para migrantes y demos la mitad de nuestro sueldo para esa causa. Tampoco vamos a solucionar este problema escribiendo lo que pensamos, llorando o quejándonos. Pero sí podemos empezar por voltear a ver esta realidad, por dar comida, una moneda o al menos una sonrisa a los migrantes que nos topamos en los cruceros en vez de hacer como que no los vemos. Debemos sensibilizarnos, portarnos como humanos y mostrar empatía; entender que quienes se suben a La Bestia buscando llegar a Estados Unidos, quienes cruzan a pie miles y miles de kilómetros huyendo de la guerra o esos cientos de personas viajando amontonadísimos en barcos de mala muerte para cruzar mares, lo hacen porque necesitan llegar a un país donde puedan tener mejores oportunidades de vida; que ellos también son humanos y su historia nos pudo haber pasado a nosotros o a nuestra gente. Sólo así, humanizándonos un poquito, podremos hacer lo necesario para mejorar esta situación, aunque sea desde nuestra trinchera.

En un mundo más humano no pasarían estas cosas. No tendríamos guerras ni condiciones de pobreza, desempleo y desigualdad que orillen a migrar. Eso es lo que más duele.