Soy foránea; ni de aquí ni de allá

Deberían inventar un término para nosotros los foráneos que amamos nuestro lugar de origen pero también donde decidimos vivir. Habemos muchos que somos de algún lugar pero nos vamos a vivir a otra parte y con el tiempo vamos agarrándole cariño a nuestra vida de foráneos, a la ciudad que se vuelve nuestro nuevo hogar.

Siempre me ha gustado ser de Culiacán. Es mi tierra y ahí se come delicioso, la cerveza sabe mejor, hay atardeceres que te dejan con la boca abierta y la gente es guapa y alivianada. Y ni qué decir del acento que nos distingue. Eso decimos los culichis con orgullo y totalmente convencidos de que somos la onda (porque lo somos, en su mayoría #SorryNotSorry). A pesar de eso, la verdad no puedo negar que me encanta vivir en Guadalajara. Es cierto, aquí no tenemos comida tan rica, la gente es más mocha, hay mucho tráfico y la Tecate Light no sabe tan buena como allá; pero el clima está delicioso, hay lugares para todos los gustos y aquí los foráneos somos dueños de nuestro tiempo porque no tenemos que rendirle cuentas a nadie (pobechitos los que todavía tienen que pedir permiso a sus papás para salir, deben reportarse todo el tiempo y así).

En fin, hay una canción que dice “no soy de aquí ni soy de allá”. La escuchaba desde chiquita porque mi mamá la cantaba, pero en realidad no tenía ningún significado real para mí. De pronto me vine a vivir a Guadalajara y poco a poco, con cada ida a Culiacán, la frase de la canción fue tomando sentido. Me encanta ser culichi, I embrace it, pero cada vez me siento como menos de allá y menos de aquí. Estoy segura que eso le pasa a gran parte de los foráneos, no nada más a mis paisanos y a mí.

Esta Semana Santa estuve en Tierra Santa y lo sentí más que nunca. Era como si en mi cuidad el tiempo no pasara. Hay nuevas plazas, nuevos restaurantes, nuevos túneles y muchas otras novedades, pero para mí todo sigue igual. Llego, me recoge mi hermano que ya creció y ahora maneja la camioneta de mi mamá, pero me sigo sintiendo como la niña que era antes de mudarme. Mi mamá me recibe con todo el amor del mundo, entro a la casa y tiene el mismo olor de toda la vida. Como Culiacán, mi casa huele a mis raíces y eso me encanta. Pero algo no termina de hacer click. Volteo a mi alrededor y me siento medio ajena y medio de ahí. Se siente extraño.

Me cuesta trabajo entender muchas cosas de mi ciudad que antes ni notaba. No es por mamona ni malinchista ni mucho menos, pero estos casi 6 años viviendo en Guadalajara me han hecho cambiar y ser mucho más sensible a detalles que antes ignoraba. No digo que sea mejor o peor que mi gente, pero sí soy diferente (y todavía no sé cómo sentirme al respecto). Voy a generalizar para que se entienda bien a qué me refiero. Claro que hay excepciones y me estoy viendo muy exagerada, pero es a propósito, para ejemplificar mejor las cosas que son muy diferentes aquí y allá.

1. Mucho buchón, casi ningún hipster

Allá, las mujeres en su mayoría tienen cabello largo, planchado y oscuro, usan jeans muy ajustados, tienen un trasero envidiable, se pintan mucho, son muy sazonas y usan accesorios muy llamativos. No, no todas son buchonas (gracias, Yisus) pero sí tienen el sello de “Vivo en Culiacán”. No estoy inventando. Fui a Cinépolis (el único que hay en la ciudad porque por alguna extraña razón nadie pone otro) y estaba atascado por ser domingo de Semana Santa. A donde volteaba veía mujeres así, acompañadas del típico culichi: muy varoniles, jeans, polo o camisa generalmente a cuadros, cabello para nada trendy y usualmente con gorra. Ningún hipster, ni hombre ni mujer. Ninguno, contrario a Guadalajara y sus barbas que me encantan o la ropa cool de muchas mujeres. No quería generalizar, tenía esperanza de encontrar a varias personas que rompieran el molde, pero nada más encontré como a dos o tres. Los veía y me sentía rara, como si no perteneciera ahí.

2. Acento muy marcado

Mi sensación de “no me siento tan de aquí” empeoraba cada vez que escuchaba hablar a alguien y de plano tenía que concentrarme mucho para entender bien bien qué decía. Soy fan del acento que tenemos, pero creo que me desacostumbré o algo y entonces se me hace un poco difícil entender a gente que habla muy rápido y con acento demasiado marcado. Eso sí me hizo sentir mucho más rara y desubicada, pero luego hablé con un compañero culichi y me dijo que le pasa lo mismito. Así se me bajó la paranoia. Por otro lado, en cuanto llegué a Guadalajara mis amigas tapatías me dijeron que traía el acento culichi a todo lo que daba y eso la verdad me hizo feliz. Me gusta mucho cuando alguien me dice eso; me hace sentir que sigo siendo muy de allá, pero a veces no entiendo a los que sí hablan neta muy culichi. Bien raro.

3. Reuniones familiares incómodas

No sé si fue por mi educación universitaria o porque me fui y ya no pienso igual o no sé, pero las reunirme con la familia es cada vez más complicado. Estoy muy desacostumbrada a todo el ritual de pedir permiso o avisar para salir, pero eso equis. Nada me cuesta decirle a mi mamá que voy a ir a tal lado con tales personas. El problema está en tener que convivir con familia chapada a lo culichi de antes: el hombre es el proveedor, la mujer debe atenderlo. Si el abuelo tiene hambre pues la mujer que esté ahí tiene que dejar de hacer su vida para darle de comer porque si no el señor no come. Ya saben, “es trabajo de la mujer”. Tic mil. Y aparte, Dios ante todas las cosas. Híjole; mejor denme un tiro. No sé cómo le hacen, pero siempre terminan hablando de la Biblia o de misa o de lo que dijo “El Padre”. Hablan y hablan de eso y yo tan atea que una vez me le rebelé poquito a mi abuela y me dijo, and I quote, “Es que en la universidad te enseñan una religión que te hace alejarte de Dios”. Sí, tal cual. Me quedé speechless. Y así pasa muy seguido. Lo bueno es que hay bebés siempre y eso me pone de buenas. Prefiero convivir con bebés que con adultos cerrados. Los quiero mucho, me gusta convivir, pero nomás no. De chiquita equis, mi cerebro no daba pa’ tanto y no me animaba a contestarles. Pero ahora me da un microinfarto con sus conductas prehistóricas.

4. Allá todos se casan jóvenes

Creo que la diferencia que más ruido me hace está en el estilo de vida y la forma de pensar. No digo que esté mal ni nada, pero me impresiona mucho que la gran mayoría de las niñas de mi generación que siempre han vivido en Culiacán se casan mucho más rápido que quienes nos mudamos a otra ciudad. Es como si tener novio formal de muchos años fuera ley. Son contadas las compañeras de la prepa, por ejemplo, que no tienen novio de hace siglos y ya están a nada de casarse. En cambio, casi todas mis amigas de aquí (tapatías o foráneas) están igual de solteras que yo. Somos generalmente más ambiciosas y nos animamos a cosas más grandes (con sus excepciones, claro; también hay morras bien chingonas en mi tierra y otras que nomás no aquí). Me da la impresión de que allá viven en una eterna zona de confort mientras acá somos más independientes, más libres. Es más, aquí podemos ser zorras sin pedos si queremos y allá tienes que andarte cuidando porque “uy, qué dirá la gente”. Les juro que no es broma, me lo han dicho muchas. Qué padre por quienes disfrutan esa vida ya con un futuro asegurado y son felices, de verdad me da mucho gusto y les deseo toda la felicidad, pero yo de plano no comulgo con esa idea y esa idea la comparto con la mayoría de mis amigas culichis que ahora son foráneas.

5. Estoy allá y extraño aquí pero llego y quiero volver

Lo peor de esta situación es que cuando estoy en Guadalajara extraño Culiacán y cualquier cosa que me recuerde a mi tierra o me haga sentir de allá, me pone muy feliz. Estoy aquí y extraño ver gente guapa de allá. Veo un hombre varonil, con gorra, jeans y así y luego luego se me emociona el corazón porque siento que son culichis o sinaloenses o algo por el estilo. Escucho banda con todo el cariño del mundo, busco restaurantes estilo Sinaloa, me llevo con casi pura gente que también es de allá; traigo comida de allá y la como en dosis pequeñas porque es como un tesoro que no quiero que termine nunca. Si alguien me escucha hablar y me dice “¿eres de Culiacán?” me lleno de orgullo y digo que sí con una sonrisota; juegan Tomateros vs Charros y porto mis jerseys con todo el amor del mundo (y luego ganamos y estoy que no quepo de alegría).

Estoy aquí y me dan muchas ganas de ir a mi tierra. Llego allá y en menos de una semana ya me quiero regresar porque extraño mi vida de acá. Aquí tengo mis cosas, mi cama, mi ritmo de vida. Estoy aquí porque yo elegí esta ciudad, soy de allá porque así me tocó y me encanta. Aquí me siento muy de allá y allá empiezo a sentirme medio de aquí. Reniego del calorón de mi tierra, pero cuando acá hace mucho frío añoro estar echada como iguana tomando el sol en las playas de allá; como mariscos allá y resulta que disfruto más los que hay aquí y son estilo Sinaloa porque ya los conozco y sé exactamente qué salsas ponerle para que queden a mi gusto. Llego allá y me encanta que la gente es alivianada, pero me ataranto con tanto ruido y tanta familia y deseo llegar a mi tranquilidad de acá. Vuelvo y busco gente de Culiacán porque me hacen sentir como en casa. Ironías y así. Por eso digo que “no soy de aquí ni soy de allá”.

Soy mitad y mitad, ¿no?

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